Grande es la nostalgia, incesante la necesidad de apagarla y enorme el anhelo de un hombro para llorar mientras hablas a un oído sediento por escuchar.
Aquellos primeros días de periodismo, primeros e inolvidables días de periodismo, cargados de enseñanzas, de sonrisas, de nuevas personas y maravillosas historias. Esos días quedaron tatuados en el eterno recuerdo de aquellas semanas que sentaron las bases y sembraron el gran amor que nacería por este, el mejor oficio del mundo.
Anécdotas, demasiadas, es que nuestra manera de vivir, haciendo periodismo, es tan impredecible que las grandes y pequeñas vivencias, nunca serán iguales, nunca se olvidarán y nunca ocuparán el espacio de otra.
Aquel lunes de agosto, entre el cuento de un jabillo blanco y un cielo de palabras, la maravilla despertó los adormecidos ojos de esta joven periodista, quien no sabía ese día sería el más hermoso porque iniciaba una de las etapas más mágicas de su carrera, la corresponsalía.
Letra tas letra escribió lo que, a voces, gritaban los habitantes de aquel maravilloso pueblito que le obligó, de la manera más dulce, a crecer y aprender de cómo se hace este oficio sin el cual no sabe qué sería hoy de sus días. Cada párrafo reflejaba el alma de aquella nueva escritora que daba lo mejor de sí y dejaba el corazón en cada nota.
Nada habría sido posible sin las sugerencias y orientaciones de amigos y colegas que prestaron apoyo incondicional y, sin saber, concibieron una entrañable amistad que, hoy, es uno de sus tesoros.
Esos días los extraña hoy, desde su más profundo sentir. Pero entre tanta añoranza, encuentra la enorme satisfacción de haber experimentado tantas cosas que hoy, la hacen mejor periodista y, sobre todo, mejor persona.
Sólo resta decir GRACIAS, a todos cuantos, sinceramente, colocaron este año un centímetro de concreto a ésta, la construcción de mi vida…








